Al lado del debate Ambiental en Colombia

Sociedad Civil Activa: condición para un Acuerdo Humanitario

No hablemos de terquedad. Pensemos en lo que Lucien Goldman llamaba “límites de la conciencia posible”. Ni el Señor Presidente de la República ni los miembros del Secretariado de las FARC han podido llegar a la comprensión de la perspectiva que tiene la Sociedad Civil sobre el conflicto armado que ha asolado a Colombia desde mediados del siglo pasado.

En primer lugar, porque no saben qué es la Sociedad Civil. El primero, piensa que la Sociedad Civil está integrada por quienes le dieron sus votos o apoyan sus políticas; los segundos, piensan que todas aquellas personas que se oponen a las políticas de mandatarios pertenecientes a los partidos tradicionales (incluyendo las organizaciones autodenominadas “uribistas”, pues ninguna de ellas tiene un planteamiento político diferente de aquellos) hacen parte de la Sociedad Civil. Así, uno y otros convocan a la Sociedad Civil cuando hacen llamados a cerrar filas en torno a sus propuestas, o apelan a ella para “sustentar” las decisiones que unilateralmente toman en torno a la confrontación.

La Sociedad Civil no tiene partidos, no tiene poder (ni económico ni social); es una sociedad siempre en construcción, llena de contradiciones, que se expresa a través de opiniones individuales de los ciudadanos del país (obviamente, en favor de los intereses particulares de cada uno), o que busca ser representada por organizaciones en las cuales cree poder hallar respuestas o soluciones (o la gestión para hallar unas y otras): juntas de vecinos, comités “pro” o “contra” situaciones particulares, asociaciones, cooperativas, sindicatos, organizaciones no gubernamentales, redes, etc. Así, la Sociedad Civil no puede ser asimilada a los partidarios del Presidente ni a los de las FARC, y no está bien que uno y otros reclamen para sí un respaldo con el que efectivamente no pueden contar.

La Sociedad Civil padece tanto una política que niegue derechos, restrinja libertades, destruya oportunidades o limite posibilidades (de cualquier gobierno, de cualquier partido), como una acción presuntamente política que intimide, exija adhesión incondicional a los intereses de quienes la realicen, extorsione o prive de la libertad (hasta el límite de quitar la vida) a quienes no la avalen ni compartan el supuesto ideario revolucionario que la anima.

La Sociedad Civil desea un ambiente político y social en el que pueda ejercer derechos y libertades, confiar en las bondades y el equilibrio de las leyes, esperar respuestas oportunas y justas de sus autoridades frente a sus demandas, expresarse y actuar sin temor a señalamientos o represalias, construir esperanzas ciertas en torno a sus aspiraciones y disfrutar de sus logros individuales o colectivos.

Y, bien. Como ni el Señor Presidente ni los miembros del Secretariado de las FARC saben qué es la Sociedad Civil, y como no sabiéndolo presumen que la Sociedad Civil está con ellos, deciden que toda persona que disienta de sus concepciones, sus políticas y sus acciones es un “enemigo”. Nadie puede ser crítico de uno o de los otros sin automáticamente ser acusado de pertenecer a uno de los dos bandos en los que suponen debe estar dividida la sociedad colombiana. Por supuesto, se equivocan; pero sus equivocaciones deben pagarlas justamente los ciudadanos que se debaten entre dos fundamentalismos extremos (hay fundamentalismo cuando se cree estar en posesión de la verdad absoluta y se condena o persigue a quien no comparte tal verdad).

El primer fundamentalismo pide a los ciudadanos que se señale a los supuestos enemigos “complices de las FARC” (no porque lo declare expresamente sino porque con su ejemplo diario, en cada discurso, lo hace); con ello, crea un clima de terror en la Sociedad Civil, porque muy pocos se atreverán a expresar públicamente sus ideas si con ello se arriesgan a ser abucheados, exluídos, tomados por criminales, “comunistas” o apátridas. El segundo fundamentalismo convierte en “objetivo militar” (u objeto útil para negociaciones económicas o políticas) a quienes cuestionan su “ideología” y sus métodos.

No es por terquedad que el Señor Presidente y las FARC se niegan a siquiera intentar una negociación seria para que decenas de colombianos secuestrados (muchos de ellos de la Sociedad Civil) recuperen la libertad. Es, en gran medida, porque la Sociedad Civil no les ha hecho comprender que no está con ninguno de ellos.

Luis Jaime Ariza Tello